MAESTRO, SABIO, CABÉCAR, GUÍA, ABUELO.

 Naciste en la cuna del jaguar, en la casa sagrada de los grandes protectores de Arawak. Fue tu niñez de magia, de abuelos  sagrados con el don de la metamorfosis y abuelas fuertes. Naciste en la Meca de los pueblos indígenas.


Aprendiste las técnicas de vida y la sabiduría milenaria de tu pueblo para vivir en paz con nuestra madre. Seguiste la primera profesión de un Ditsö; agricultor, siempre tuviste de todo, suficiente para comer y compartir, principio básico de nuestra espiritualidad. Te vi trabajar el suelo con pasión, ternura, hablándole a la semilla, al bosque, al suelo, al aire, al río, como quien habla con un amigo. Producir comida era para usted querido maestro una de las más sublimes maneras de arte, ese arte que encontrabas tanto en la inmensidad del paisaje que emergía ente la mirada profunda, silenciosa, como buscando una respuesta ante la inmensidad pero al contrario le surgen más preguntas, como ese arte en la minúscula hoja caída en el camino que mojabas, que girabas, que ponías bajo el rayo de luz que se filtraba en el bosque, esa hoja que observabas con profunda curiosidad como palpando con la mirada el mensaje que contiene de palabras que han quedado colgadas cuando la brisa le susurro los mensajes de los grandes espíritus. En ese mundo del realismo mágico surgía el uso del pilón, ese pilón que algún atrevido te ofreció comprar pero que no podías entender como alguien podría vender algo que un buen amigo te regalo en la juventud, ese pilón que te duro toda su vida y que te vi usar con destreza, fuerza, vigor, emitiendo un monótono sonido que nace de la fricción de brazo de pilón con las cascaras de arroz. Ese arroz que comí cantidades de veces siendo un niño y me parecía milagroso como con tanta fuerza de por medio la calidad del grano se mantenía. Hoy querido abuelo he vuelto a ver el pilón, dichosamente lo están usando, se me vino el tiempo encima y la nostalgia de la niñez me golpeo el recuerdo, su imagen de paisano grande, robusto, fuerte y hábil para pilar arroz me envolvió, también la imagen cuando ya mucho más anciano y con golpes más lentos pero rítmicos y las canas de por medio seguiste usando el pilón que te acompaño toda la vida. Eterna gloria a tu clan abuelo, a los descendientes de las grandes mujeres Tuwak

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